
Y simplemente me abandoné sin parangón, deje que me azotara, que me atravezara, que moviera mis cimientos y sacudiera mis ideas, que entrara por mis oídos hasta convertirse en un zumbido dentro de mi cabeza. Quise huir, alejarme de él, el viento, de ella, la tormenta; corrí, me deslice, más no pude, estaba dentro mio, mi corazón entero palpitaba según su cadencia, unas veces me hacia subir al infinito, otras me dejaba caer desde las alturas hasta conocer las simas oscuras.
Me entregué sin parangón, hasta el mar le obedecía y olvidaba mi llamado originario, ese que se remonta más allá de mi débil memoria, pero que cada vez me empuja a pronunciar palabras secretas que no logro captar, sólo su esencia.
Y me rendí, sólo me rendí frente a lo inevitable y deje que me sacudiera, que me removiera y que me llevara.

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